Las grandes lecciones de la vida generalmente las aprendes de forma inesperada y siempre oportuna, como el día en que aprendí el verdadero valor del tiempo.
Hace algunos años, tuve que ir a la comuna de Cunco, en la región de la Araucanía, a montar mi exposición, un trabajo que desde afuera se ve muy lindo y soñador, pero que en la práctica es tan estresante como cualquier otro empleo y con un ritmo aun más agotador, con mucho desgaste emocional, noches enteras planificando, viajes etc.
Estábamos con mi mejor amiga, armando la exposición en la Biblioteca Municipal del pueblo cuando me di cuenta que nos faltaban materiales como pliegos de papel, cinta de embalaje, tijera; cosas fáciles de conseguir, asi es que miré el reloj y como eran las tres de la tarde y estábamos en la calle principal supuse que era cosa de salir, comprar y volver.
En mi búsqueda de la librería, me enviaron a dos sitios que estaban cerrados hasta que un caballero muy amable me dijo que justo al lado de su almacén había otra librería y se ofreció a acompañarme.
Yo a esas alturas lucía esa vena que se marca en mi frente cuando estoy enojada y ya sentía que estaba perdiendo el tiempo; llegamos al local y para mi mala suerte, también estaba cerrado. Mientras le decía por teléfono a mi amiga que cómo era posible que un día martes a las 3:30 de la tarde nada estuviera abierto y todos estaban ahí tan tranquilos como si fuera día domingo, el caballero, que había entrado al local, salió sacudiendo un viejo banquito de madera para sentarse y al notar mi enojo dijo:
-¿Pero para qué se enoja tanto?, si la señora María todos los días duerme la siesta, lo que pasa es que como está haciendo calor a veces la siesta se disfruta más, pero ya va a llegar... disfrute el solcito.
La verdad es que eso bastó para pasar de la furia a la paz en un segundo, lo miré, sonreí, le di las gracias y me fui sintiéndome la desubicada más grande del mundo. Yo enfocada solamente en mi trabajo, cargando el estrés citadino del tiempo y la rapidez, pensando que la hora de almuerzo debe terminar antes de las tres de la tarde y que el trabajo hay que realizarlo full, había olvidado mirar a mi alrededor y con eso también de disfrutar lo que estaba haciendo.
Y la reflexión corre para cualquier persona que vive en una ciudad y que trabaja de lunes a viernes sin parar. Porque en un mundo con tanta tecnología, rapidez y con una lista enorme de cosas que hacer, muchas veces olvidamos que avances tecnológicos tan necesarios y modernos que nos mantienen todo el día conectados, están creados para que estén a nuestro servicio y no nosotros al servicio de ellos, ya que en esta época donde el tiempo es un bien escaso, disfrutar también debe ser parte de nuestros planes, mirando a nuestro alrededor con calma y nunca perdiendo la capacidad de sorprendernos con cosas tan simples y positivas como la tranquilidad de la gente de pueblo.
Al volver a la biblioteca, vi que mi amiga me esperaba en la plaza sentada, le comenté lo sucedido, nos reimos, disfrutamos de la plaza y la gente, compramos los materiales, montamos la exposición, fuimos a comer empanadas de mariscos con un buen vinito celebrando que todo salió perfecto y regresamos a la ciudad de Temuco justo a la hora donde todos vuelven a casa .
Y así aprendí mi primera gran lección de la vida adulta, esta fue la historia de un martes que comenzó a ser un verdadero día justo a las tres y media de tarde... la hora exacta en que me di cuenta que era tiempo de vivir...
Espero que disfruten el día
Freakisis


Me simpatiza leer y atrapar la vida, la escencia que tiene tu paskin virtual.
Maravilloso, asi es como la vida cristaliza las lecciones mas power con actvidades simples, coridianas, ordinarias, profanas, mundanas, como desgustar un pie de limón en un bello parque que puede ser Lulo's Park ... un dia dejaste atrás la mochila asalariada y optaste por vivir libre, sin ataduras, el día de la marmota de los asalariados se congela y recorres tu vida, degustando un pie de limón a las tres de la tarde.